Dialogando con mi hija/o

dialogando con mi hija/o¿Qué es dialogar? Enseguida viene a nuestra mente un supuesto sinónimo: hablar.

El hablar a veces nos acerca, aunque no siempre. No ocurre así con la comunicación, ya que ésta tiene como finalidad “transmitir…algo, sea lo que sea ese algo”.

Hablar puede ser a la comunicación, lo que el oír al escuchar, y cuando el hablar se convierte en un mero ejercicio de reproducir palabras, solo se re-produce ruido. Entonces, el hablar se convierte en blablar. Si somos capaces de comprender ésto, estaremos en una feliz disposición de cambiar nuestro decir. No se trata pues de ocupar espacio sonoro para sentir que somos. Se trata, de otra cosa ¡Prueben…!

Esto adquiere especial relevancia en esos momentos de diálogo con nuestro hijo o nuestra hija, así como en otras tantas situaciones relacionales en que nos jugamos temas de calado.
Cuando él o ella se te acerque, te mire, te evite, te bufe, te necesite o te busque en cualquiera de las modalidades de buscarte o pedir que tiene los/as adolescentes, ten cuidado con lo que hables. No te lo digo por asustarte, sino para que prestes atención y repares en la importancia de tales momentos.

¿Cómo ser en tales momentos, entonces?
Yo te diré que lo que aquí encuentres, no te funcionará si lo quieres aplicar a pesar de ti. Tampoco servirá de nada, si no lo haces tuyo y de menos aún, si lo quieres poner en práctica como un truco de prestidigitación.

Partamos de la idea de que la adolescencia es un periodo de cambio muy importante en la vida del/a chaval/a, cuya finalidad es la de aportarle un sentido de identidad o un “si mismo/a” distinto al que ha tenido y desarrollado a lo largo de su infancia. En ese tránsito, se irá perfilando una metamorfosis en su cosmovisión, en su forma de sentir-pensar-actuar. Una trasformación, en definitiva, de verse y ver el mundo que le rodea: Está en juego su mirada.

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Su mirada, ya para entonces, tiene mucho de la tuya. Ellos/as aprenden de ti. Sobre todo de lo que eres y no solo de lo que dices.

Aprenderán de tu sombra; de tus asuntos inconclusos, de tus miedos, de tus disimulos. Pero sobre todo, aprenderán de tu amor hacia ellos/as, y eso no sólo pasa por las palabras.

Quiero pedirte, que pruebes con incorporar a tus aperos el término encuentro. El encuentro, para mí, significa apertura, curiosidad y escucha. Si sientes esta triada, tu disposición será real, ante el contacto con tu chico o tu chica. El/ella, lo sentirá…y ya estás ayudando. Valoran la intención, la entrega, el afecto y tú ya cuentas con todo ello, aunque quizás no te hayas dado cuenta hasta ahora. ¿No?

No te equivoques; tú no tienes la solución a todos sus problemas. El hecho de que puedas aconsejar, deriva de tu mayor experiencia en la vida y habrá necesariamente aspectos que será bueno que adviertas (posibles peligros) y que asesores en otros (situaciones emocionales propios de la etapa, etc). No obstante, cada cual tiene su camino y un m/padre es más un acompañante, que no un cartógrafo.

Para acompañar hay que estar en forma y para ello, es imprescindible auto-revisarse. Quien acompaña, tiene que aprender a dar la palabra y tiene que aprender a aprender de “lo que le dicen”, sin dar por sentado que “todo lo sé, que yo ya he pasado por ahí”. Quien acompaña, dará reflexión, respeto, calma. Y, a menudo, un abrazo. Para esto tampoco hacen falta las palabras, o sí.

Búscale, porque está perdido. Hazlo a menudo. Interésate por su vida. Comparte con el/ella la risa y el humor. Aprende a pedirle perdón, siempre que sea necesario y le/a harás fuerte.

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