El pajarillo de la guarda

pajarillo de la guarda – ametsetako txoria

Para el padre de Nico, con cariño.

Me puse de rodillas, clavé mi cara en el suelo, y pregunté, no sé a quién ni por cuanto tiempo, por qué las lágrimas no me dejaban ver, ni el llanto me dejaba oír. Pregunté por qué , por qué, por qué…se fue.

Los días pasaron y en uno de esos amaneceres, no sé si el séptimo o el décimo, un pájaro pequeñito, se posó en mi hombro y comenzó a hablarme así:

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“Así como no sabemos por qué la luna cambia de cara cada pocas noches, por qué los relámpagos salen raudos y veloces de la tormenta y van a dar en un sitio determinado y no en otro, por qué algunas flores duran todo el invierno y otras se marchitan con las primeras nieves, tampoco sabemos por qué las personas que queremos a veces se van, otras no están y otras parece que se olvidan de nosotros.

Queremos entender las cosas, controlarlas, tenerlas atadas aquí, con nosotros/as, para siempre. Y cuando ésto no sucede buscamos explicaciones:

¿Habré hecho algo mal?  Si me quisiera no se hubiera ido ¿Me portaré mejor y así regresará, tal vez? Y así nos pasamos toda la vida metidos en esta rueda de infierno.

No comprendemos que la vida es como montar en un tiovivo. Elegimos el caballito, la moto, el coche de bomberos. A veces estamos buscando aquel coche de pintura azul, que tanto nos gustó el año pasado y no podemos encontrarlo. No podemos entender que la pintura se gastó, que al coche se le salieron las ruedas, que la puerta se rompió y hubo que desmontarlo.

Podemos también enfadarnos con Dios, con el mundo o con el Diablo. Vivir con nuestra alma en pena o jurar venganza…

Ni tan siquiera la palabra escrita permanece. Todo cambia. Realmente podemos comprender poco y nos pasamos la Vida queriendo entenderlo todo. Queriendo atar las cosas y que todo salga, tal y como nosotros/as lo planeamos. Lamentando la pérdida de quienes han partido o, tal vez, maldiciéndolos por haberse marchado. Dejamos  mientras tanto escapar nuestra vida, ocupados/as como estamos en eso que hemos perdido.

¿Por qué el sol es de color amarillo?

¿Por qué la noche se viste de negro?

¿Por qué me tocó a mí y no al otro/a?, sin ver que el/la  otro/a lleva una pena mayor, por algo que nosotros/as no conocemos.

Todo ésto son sólo palabras, que no pueden borrar la pena de un/a niño/a al que una madre o un padre lo ha dejado. No hay remedio. No hay consuelo. No se puede inventar un cuento que trague la pena de ese ser que se siente abandonado. Los cuentos, ya se sabe, sólo son cuentos.

Sólo se pueden decir verdades. Decir, por ejemplo que nadie viene a este mundo, ni por casualidad, ni por error, ni equívoco. Que quién pisa este planeta tiene una labor, una función que hacer, porque de lo contrario no hubiera venido. Porque venir o no a este lado de la vida, no depende sólo de los padres y madres, sino de algo mayor y más grande.

Verdad también es que los padres y madres siempre quieren a sus hijos/as. Porque es imposible no querer a tu propia criatura, a tu propia vida, a quien lleva tu sangre y parte de tu alma. Y quién no lo pueda querer, sencillamente es que está enfermo. Más que quién no pueda andar, o a quién le faltan los dos brazos.

Tampoco vale para nada lamentarse de la pérdida sufrida. Es como quedarse llorando cuando se pincha un balón o un globo. Quedarse llorando amargamente por aquello que se fue nos impide ver lo que tenemos.

¡Qué bonita era aquella pelota verde, cómo brillaba en la playa cuando yo se la pasaba a mis amigos!… Un golpe, un salto, otro golpe, la pelota se fue, se rompió. Y llorando por ella, me quedo sin ver los otros globos, las raquetas, esa otra pelota de cuero,…

Vestirse de odio, enfado y amargura nos hará perder nuestra alma y con ella, también el alma de la persona que queremos. Pues has de saber que tu alma y la de la persona perdida y querida viajan unidas por los confines del tiempo.

Así que si nosotros decidimos perder nuestra alma, también se perderá la de quien queremos y amamos.

No hay, por tanto, más solución que la VIDA. Que levantarse cada mañana y tener una parte del corazón con quien se marcho, a quien añoramos y amamos. Desearle los buenos días ¿Cómo has dormido hoy? ¡Despierta y saluda conmigo al nuevo día!

Porque nunca perdemos a quien se va, sino a quien olvidamos y mientras sigas despierto/a y vivo/a, el o ella también sigue vivo contigo”

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Contado todo ésto el pajarito azul se echó a volar y se posó en un árbol recién plantado, al que ya le habían salido sus primeras ramas verdes hacia el cielo.

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