¿Por qué pedir perdón es tan importante?

En una reunión escolar con padres y madres, hubo quien comentaba que no veía conveniente pedir perdón a sus hijos o hijas, ya que entendía que ello podría ser interpretado como un signo de debilidad o falta de autoridad

Nada más lejos de la realidad. Quienes tenemos a nuestras hijas e hijos crecidos, hemos tenido tiempo suficiente para darnos cuenta de la importancia de las muestras de respeto y afecto en una convivencia, aunque igualmente, también, hemos sido testigos de la dificultad que

Barkamena eskatu - Pedir perdón
Barkamena eskatu – Pedir perdón

entraña esta tarea. Una tarea en la que se ponen en juego otras tantas cuestiones  como la empatía, la paciencia o la escucha, entre tantas.

No es fácil, no, la convivencia con un/a hijo/a adolescente, pues se trata de una etapa muy determinante y delicada para el devenir futuro de ese chico o esa chica para quienes sus padres podemos resultar, en ocasiones, tan molestos como una piedra en el zapato. Cierto es que para el día a día en el hogar es necesaria la calma, que la bronca y el conflicto llegan solas de la mano del roce y del choque de intereses.

Paso a explicaros los motivos que me llevan a pensar que pedir perdón es muy importante:

  • Nuestros hijos e hijas, aprenden que no tienen por qué tener siempre razón y que podemos estar equivocado; y no pasa nada grave por ello.
  • Descubren que pedir disculpas es difícil, y que hay que ser fuerte para hacerlo.
  • Ven una muestra de sinceridad, que tal vez no vean en otra parte.
  • Aprenden que así en la propia familia se pueden exponer los sentimientos “encontrados”que se producen entre sus miembros.
  • Cuando uno/a pierde el control y es perdonado/a, comprende que la energia que circula en ese punto es curativa y así aprende, tambien, a perdonar.
  • Aprenden que la disculpa es una forma de reconocer que otra persona es digna de respeto.

En resumen, pedir perdón enseña a respetar a los demás, lo cual nos lleva directamente a respetarnos a nosotros mismos.

Cómo perder la autoridad ante los hijos e hijas

En Zeuk Esan, con cierta frecuencia tenemos llamadas de padres y madres que no saben qué hacer con sus hijos e hijas, porque se saltan las normas, no cumplen con sus responsabilidades, exigen respeto y no aceptan sus indicaciones….

Cuando llega la adolescencia, los comportamientos cambian. Los menores entran en crisis y tienen que salir de ella convertidos en adultos autosuficientes, preparados para vivir por su cuenta.

Y esa es la responsabilidad que tenemos los progenitores: cuidarles, y cubrir sus necesidades básicas, incluidas las afectivas, para que el día de mañana puedan ser adultos independientes y autosuficientes. Y de esa responsabilidad emana la autoridad que padres y madres deben ejercer.

Pero nunca debemos confundir proteger y cubrir necesidades, con sobreproteger y dejar hacer a la otra persona su santísima voluntad, reírle todas las gracias y permitir que transgreda todos los límites, porque luego en ese cambio de la adolescencia podrían volverse incontrolables. La pregunta a veces es “¿Cómo hemos podido llegar a esto, yo que di todo lo que me pidió y jamás le faltó?
Hoy he leído la noticia que me ha traído a estas líneas: “Una madre agrede a una profesora delante de la clase de su hijo”.
Como progenitores, perdemos autoridad con esas exhibiciones de violencia, porque son públicas y porque es violencia, pero además, restamos autoridad al profesorado que además de educar, es figura de autoridad, referente para los menores. Si  los desvalorizamos de esa manera estamos plantando las semillas de esa adolescencia que no respeta y se salta los límites…, que es lo que ha visto hacer a sus mayores. En fin, una pena.

Crece la Violencia Filio-Parental

Crecen un 30% los menores vascos condenados por agredir a sus padres. Se trata de un titular impactante que pone de manifiesto una situación que se viene dando desde hace algunos años, no sólo en el País Vasco, obviamente, y para el que se están tratando de poner medios, aunque, de momento, visto lo visto, parece que no están siendo suficientes.
Puestos a analizar este titular, lo primero que surge es pensar en las causas. Y, en este sentido, acudo a la situación de falta de autoridad que rige hoy en día entre nuestros chavales y chavalas, la laxitud imperante en el seno de las familias cara a marcar normas y límites, derivada, quizá, de que nos encontramos o nos hemos encontrado ante una generación de madres y padres surgidos tras una época de excesiva rigidez educativa o autoritaria y que, por antagonismo a la misma, ha flexibilizado la imposición de los mencionados límites, la banalización de la violencia o la perniciosa influencia de algunos elementos (como la televisión, por ejemplo), el escaso tiempo que pasan los progenitores con nuestros hijos e hijas, la creencia, durante mucho tiempo, de que el castigo podría conllevar el surgimiento de algún trauma en nuestros vástagos, la sobredimensión de los derechos de los menores versus la infravaloración de sus deberes, etcétera… Desde luego, son causas sobre las que se han escrito ríos de tinta y sobre las que hay mucha literatura al respecto a la que poder acceder, por lo que no vamos a ahondar más en este sentido.

Sí me gustaría seguir escribiendo sobre cómo llegan a reaccionar muchos padres y madres cuando se encuentran en una situación en la que llegan a ser agredidos por sus propios hijos. Insisto en que las causas de llegar a tal extremo pueden ser muy variadas, aunque todas, en mi modesta opinión y en la mayoría de los casos, tienen como denominador común una errática práctica educativa por parte de los progenitores. En todo caso, llegados a tal punto, tratar de ponerse en la piel de esas madres y padres nos lleva a pensar que debe ser durísimo.

Que el chaval o chavala que has criado se rebele ante ti de una forma tan agresiva tiene que generar una impotencia increíble. Que se dé un desequilibrio en las figuras paterno-filiales va contra natura, lógicamente; además, sé que se encuentran con la frustración de no poder hacer mucho más llegados a esa situación, es decir, no se atreven o no pueden enfrentarse al agresor o agresora. De esta forma, acaban llamando a la policía para denunciar (cuando la situación ya se torna insostenible) y esto, a su vez, provoca una mayor frustración ya que, en definitiva, delegas lo poco que podía quedar de tu autoridad en un agente cohercitivo.

Pero, no hay mucho más y, como en otras situaciones de violencia, al final ésa es la única salida, de ahí que los datos hayan crecido. Incluso, se podría extraer una conclusión positiva a este respecto: las madres y padres agredidos por sus hijos e hijas empiezan a perder ese miedo, esa vergüenza a reconocer dicha situación y comienzan a denunciar.

Luego, a partir de ahí, empiezan a proliferar centros especializados en violencia filio-parental que, a través de una labor educativa y terapeútica, tratan de reconducir la situación familiar, obteniéndose, en muchos casos, excelentes resultados. Si queréis información sobre estos recursos o estás viviendo un conflicto de estas características o conoces a alguien que lo viva, puedes ponerte en contacto con nuestro teléfono 116.111, Zeuk Esan, en el que también atendemos este tipo de casos.