“Que millones de niños/as consigan ser, lo que desean ser hoy y soñar lo que serán mañana”.

Acabo de leerlo en una plataforma dedicada al cuidado y derecho de los menores.  Al  momento de leerlo, he tenido un flashback enorme en el  que viajaba hacia años atrás; he vuelto a rememorar algunos momentos de antaño.

suenos

Tenía 6 años, y quería ser astronauta; 8 años, cantante y actriz; 8 años y medio y veterinaria. 10, arqueóloga; 12, bióloga; 15, médico; 17, psicóloga. Fueron muchos años de cambios, como se puede ver. De hecho, a menudo me pregunto qué me llevaría a cambiar tantas veces de profesión, siendo áreas tan distintas entre ellas. Nunca lo he indagado demasiado, y tampoco lo haré; porque da lo mismo. El presente, el aquí y ahora es lo único que cuenta, luego, ¿para qué darle más vueltas?

Es curioso el mensaje de la frase que he decidido colocar como premisa de todo el texto. Como niñas/os, soñar es algo básico, natural, como una necesidad primordial. Sus motivaciones, sus capacidades, sus perseguidos logros se materializan en un lienzo onírico donde todo lo que se piense y desee es posible.

Recuerdo que yo compartía mis sueños con mis padres: quiero ser esto, luego aquello…y ellos siempre sonreían, acompañando mis sueños con afirmaciones cariñosas y alentadoras, repitiéndome siempre lo consiguiente: si quieres serlo, lo serás, porque harás lo imposible por cumplir tu sueño. Y yo, me sentía feliz por verlos a ellos apoyándome en todo momento.

Hace unos días me encontraba en una terraza tomando un café con mis amigas. Un matrimonio con dos hijos se sentó  a nuestro lado, y, sin quererlo ni beberlo, me percaté de la conversación. Uno de los niños, de 12 años aproximadamente, le decía a su padre que quería ser artista. Pintor, músico, escritor…que él se veía bien en esas facetas, que le gustaba crear y que estudiaría Arte. La madre bajó la cabeza y se entretuvo con el otro hijo. El padre de ambos, miró fijamente al soñador y con una expresión facial negadora rotunda, le contestó lo siguiente: << hijo, ya te tengo dicho que los artistas no tienen una buena vida; no ganan dinero, viven con lo justito y muchos se echan a perder…y yo, nosotros, no queremos eso para ti. Si quieres crear, pues se ingeniero, arquitecto, físico…>>.

El niño, bajó la mirada y quiso decirle algo a su padre, pero éste se dispuso a seguir con lo que tenía entre manos antes de la conversación. El niño insistió y le dijo que él no sería nada de eso, que porque su abuelo fuese médico y su padre abogado, ya eran ellos suficientes como para obligarlo a él a pertenecer a esos gremios. Su padre alzó la mirada, y con una frialdad hiriente remató la lucha filio-parental: << hijo, en esta vida hay que ganar dinero para poder conseguir cosas, y tus sueños no te darán de comer. Si quieres vivir miserable y pobre, hazlo…y si vuelves arrepentido, te diré: ya te lo advertí. Espero que seas listo y te quites esos pájaros de la cabeza, porque en esta casa no querremos a muertos de hambre>>.

Me quedé perpleja al escuchar semejante atrocidad. En pleno Siglo XXI, y la sociedad sigue fomentando agrietar los límites entre la riqueza y la pobreza, y nada más que eso. Ese niño sollozó, se enfadó, se apenó…porque su padre le había arrebatado no solamente su sueño, sino su yo futuro, su existencia verdadera y el sentido de ser lo que quería ser.

Este niño aprendió una cosa, un introyecto que lo abatió; y es que, no sueñes, porque siempre habrá alguien que te los robe; no luches, porque no conseguirás nada; no quieras al Arte, porque eso no es de decentes y no te dará de comer. Haz caso a tu padre, que se supone que quiere lo mejor para ti (aunque cuando me pregunta qué es lo que quiero, no lo acepta ni lo valoriza).

Creo que hoy volveré a casa y les daré las gracias a mis padres por no haber destruido mis sueños ni arrebatarme esa libertad de soñar, porque, gracias a mis ganas y a su apoyo, aquí estoy, feliz de haber logrado muchos de mis sueños, como lo debería ser para todas/os nosotras/os.

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