El faro que luce en la niebla

 

Hace poco tiempo  acudí a una formación sobre acoso escolar. Éramos un buen número de profesionales de diferentes especialidades: educación, sanidad, salud mental, educación social, administración, etc. Me gusta acudir a estas jornadas porque siempre me llevo algo que me sirve para mi trabajo y para la vida.

En esta ocasión, lo que más recuerdo, porque me impresionó mucho, fue la intervención de una chavala; rondaba los 18 años. Compartió su experiencia personal por el acoso escolar que había sufrido. Una experiencia dura, expresada con toda la emoción por el poco tiempo transcurrido, las imágenes y el dolor aún muy recientes. Me impresionó gratamente su fuerza y optimismo, cómo desde su experiencia nos decía que el acoso escolar tenía solución y que además era más fácil si se hacía desde la prevención. Y añadía que era de lo más sencillo. Nos dio a todos los profesionales que allí  estábamos una lección magistral sobre cómo actuar frente al  acoso escolar.

A la pregunta de cómo el profesorado puede ayudar al alumnado que está siendo objeto de violencia, de burlas, de aislamiento, de rechazo por raza, orientación sexual, u otros motivos, la chavala respondió con claridad y convencimiento: “El profesorado tiene que ser el faro que luce en la niebla, para que todos sepamos dónde está la ayuda, una tabla de salvación para nosotros, a la cual puedes asirte porque está ahí aguardando, siempre dispuesto a ser tu salvavidas.”

Y continuó explicando que, como bien sabemos, en todos los centros escolares hay quienes tienen muy mala   gaita y  agreden, o excluyen, insultan, ejercen cualquier tipo de violencia activa o pasiva, quienes son objetos de dicha agresión y quienes observan sin saber si jalear, si volverse invisibles o intervenir y defender a la persona agredida.  Normalmente se busca la impunidad de los lugares ocultos o solitarios, donde la presencia de la autoridad  es menos frecuente. Pero si nos fijamos en el origen de esas conductas, muchas, muchísimas veces, comienzan por pequeños detalles, microviolencias casi invisibles que, si no se detectan y neutralizan, crecen y se desarrollan y dan paso al acoso escolar como lo conocemos.

Por ello, teniendo en cuenta lo anteriormente explicado, -refería la muchacha-, lo más importante sería que el profesorado se pusiera esas gafas de  sensibilidad preparadas para buscar las señales del acoso larvado, comportamientos que se sabe que estarán ahí, siempre están ahí. Y cuando se detecte uno de esos microataques, -que es como empiezan algunos menores, poco a poco, a ver hasta dónde se puede llegar, probando el límite-, cortarlo de raíz: “Aquí no se permiten los insultos” ;“Nadie en mi clase va a tratar así a un igual”; “Porque aquí así no”.

Simplemente el estar ahí y demostrar que ese comentario, esa ironía hiriente no pasa desapercibida y que no se va a permitir que ocurra de nuevo, consigue muchos efectos positivos. El primero es que a todo el alumnado le queda claro cuál es el límite que no se puede cruzar. Y el segundo, es también directo, porque la persona con la que se meten, sabe que tiene alguien que entiende lo que le ocurre y que no va a permitirlo, luego, junto a ese profesor o profesora, está seguro.

Y es así como las personas que agreden, insultan, acaban aprendiendo que en esa clase o ante ese profesor o profesora, no van a poder abusar de su poder, porque no lo tienen, ni se les permite ganarlo haciéndose los graciosos a costa de otros. Se consigue que nadie les secunde, luego si no hay ganancia, no merece la pena. Además, el resto del alumnado que no sabe dónde posicionarse  o teme hacerlo, sabe que si algo pasara, con acercarse y entrar dentro del haz de luz del faro, ahí estará la seguridad. Seguridad que trasciende a la persona agredida, al saber que a esa tabla sí se puede agarrar, que no le van a soltar si siente que ha naufragado.

Esta imagen no se me quita de la cabeza y llevo mucho tiempo dándole vueltas. Cuántas veces escuchamos en Zeuk Esan, el teléfono del menor, sobre la soledad y el no tener con quién contar. Saber que existen profesores, profesoras, (ojalá sean mayoría), que son como faros entre los pasillos, los rincones del patio, a los que acudir en busca de protección, bajo su haz de luz, que ilumina caminos y despeja sombras, porque detectan el principio del abuso y dejan bien claro a todo el mundo que en este lugar no se permiten insultos, ni faltas de respeto, que no cabe la intolerancia, que se protegerá y defenderá a quien lo pase mal y que, a quienes agredan y se salten el límite, se les va a poner un clarísimo “ASI NO” enfrente.

*Imagen de el_farero

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