Nuestra Juventud y las TICs

Acabo de leer un artículo sobre nuestra juventud y las TICs, que tranquiliza bastante. Y es que hay gran alarma entre los padres y madres sobre la utilización que hacen nuestros hijos e hijas de dichas tecnologías. Parece que se demoniza a estas nuevas formas de comunicación y se obvia la gran potencialidad de las mismas.

Por nuestra parte, en gran medida, el temor está fundado en el desconocimiento, no sabemos lo que hacen, ni con quién. Muchos medios se hacen eco de la cantidad de peligros que existen y algunos que aún no han aparecido, pero que llegarán.

Pienso que es muy importante desdramatizar e informarse, conocer lo que es y cómo se utiliza. Si lo vemos desde dentro, el peligro tiene otra cara.

Según un estudio al que hace referencia el artículo, el 90% de los usuarios de las redes, tienen entre 15 y 18 años. Son los “nativos digitales”. Han aprendido desde pequeños y saben defenderse por esas rutas que navegan, aunque a veces tropiecen.

Resulta curioso ver, según dicho estudio, las diferencias en la utilización de las redes según las edades.

Por un lado, el Tuenti lo utilizan los más jóvenes, y a partir de los 20 años (más o menos) se pasan al Facebook.

Por otro lado, pensábamos que nuestros hijos e hijas iban a quedarse en casa, en la soledad del hogar a chatear, a hacer amigos virtuales, que iban a ser relaciones sustitutivas del cara a cara, pero resulta que la mayoría las utilizan para reforzar lazos ya existentes. Siempre puedes añadir a alguien a tu grupo, porque te lo presenta un amigo, pero reforzamos la amistad con gente lejana, con amigos a los que quizá de otra manera estaríamos años sin contactar con ellos, o con los que acabamos de dejar a la puerta de casa, despedirnos y conectar de nuevo con ellos a través de la red.

Todo un mundo de posibilidades que los padres y madres debiéramos conocer para entender un poco más qué es lo que les pasa a nuestras criaturas…

Tener un mal día y descargar el mal humor en los hijos.

Hemos tenido un mal día en el trabajo, entramos en casa y lo encontramos todo patas arriba: todo sin recoger mientras nuestro/a hijo/a juega con el mando a distancia. No ha hecho ninguna de las tareas que le habíamos asignado y entonces, estallamos de manera desmesurada, perdemos el control, saltamos y al final, nos arrepentimos de lo que hemos dicho o hecho.

Pero, ¿puedo convertir el mal humor en un discurso instructivo?.

Vaya por delante, que un salto de límites, un no cumplir con lo pactado, debe tener consecuencias. Pero, si antes de estallar, conseguimos respirar y contar hasta tres, muy probablemente, no tendremos que enfrentarnos luego a ese sentimiento de culpa con el que algunos padres y madres se fustigan.

He aquí algunas posibilidades de actuación, que nos ayudarán a mantener el control

  • Ser conscientes de que estamos muy enfadados y tomar la decisión de no reaccionar, de no dejarnos llevar por esa ira que nos invade.
  • Recuperar la serenidad, para ello puede sernos útil irnos de la estancia, esperar cerrando los ojos o apartar la mirada, contar hasta 10, etc, de tal manera que tengamos el espacio y el tiempo que necesitamos para recuperar la serenidad.
  • Cuando nos hayamos calmado utilizar frases que describan los hechos, dejando de lado las descalificaciones y las acusaciones.
  • Recurrir al buen humor es una herramienta poderosísima para suavizar el ambiente, desdramatizar los hechos y volver a la calma.
  • Situar en el presente lo que ha sucedido sin añadirle etiquetas adicionales del tipo… “eres un desastre”, “holgazán”, “siempre ….”, “así no llegarás a ningún lado”, “nunca haces …”etc…
  • Escribir una nota o una pequeña carta en la que le describamos lo que ha sucedido, cómo nos hemos sentido y lo que necesitaríamos hacer nosotros o que él hiciera para solucionar el conflicto.
  • En caso de haber perdido los estribos, pedir perdón o demostrar que sentimos lo sucedido.

Seguro que tendréis otras maneras de conseguir controlar ese primer impulso de saltarles a la yugular, sea cual sea, lo importante es practicarlas, que no se queden sólo en el papel.