El rincón de pensar

rincón-de-pensarSiempre he considerado la labor docente como una disciplina realmente interesante. En su día estuve tentado de coger ese camino, pero me decanté por el de la psicología y he de decir que nunca me arrepentí de la decisión tomada. Sin embargo, el poder estudiar para llegar a ejercer como maestro o profesor, con población infantil o adolescente, me sigue pareciendo un lujo asiático. Poder llegar a ser una influencia significativa en el recorrido vital de un niño o una niña, es tan estimulante como comprometido, porque hemos de saber que dejamos huella en la mente de ese ser en desarrollo y hay que hacer lo posible para que esa influencia sea para bien.

Siempre he pensado en la escuela como en un lugar de formación y no sólo de información. Un lugar de crecimiento que no suplante la función de la familia, pero que si pueda llegar a ser una continuación de esta, en cierto modo.

Debido a mi labor de psicólogo, me ha tocado reflexionar un rato sobre los modos educativos y el papel del enseñante como vehículo de trasmisión de conocimiento. A día de hoy, tengo algunas ideas al respecto, pero sobre todo tengo claro por donde no habría que ir. En este sentido, quisiera aprovechar la ocasión para exponer mi opinión sobre una práctica educativa que no se lo extendida que puede estar en la comunidad educativa, pero de cuya existencia he tenido conocimiento, en más de una ocasión.

Ayer mismamente una profesional y usuaria adulta de nuestro 116111, llamo para pedir orientación al respecto de un niño “trasto” de 4 años con el que “no sabemos cómo hacer para que deje de pegar y molestar a sus compañeros/as de clase”. Mis preguntas sobre el niño, el contexto y demás curiosidades, me fueron llevando a hacerme una composición de lugar aproximada. En un momento, la llamante comento:

“…le solemos mandar al txoko de pensar, cuando hace una trastada de las suyas y…”

El citado txoko de pensar, es un método pedagógico que busca controlar el “mal comportamiento” de los niños/as, indicándoles retirarse a un rincón o similar ¡a pensar!. A pensar, lógicamente en algún comportamiento “malo”, inadecuado o molesto que hayan cometido. La criatura se retira al txoko y de espaldas a la clase, se le manda pensar.

Estoy totalmente convencido que el propósito original de este método sería el de estimular el razonamiento y el consiguiente control empático de las emociones, en los niño y niñas que mostraran conductas impulsivas. Pero resulta obvio concluir que para estimular en un infante el “aprecio por el pensar”, el/la docente debe de acompañar razonando y empatizando. Dando ejemplo, en definitiva.

Una criatura debe de ser acompañado en el pensar, dialogando, dándole la palabra, formulándole preguntas que generen respuestas, etc. Ello le ayudará a aprender a dialogar consigo mismo, a llenar sus monólogos de contenido, pero si lo retiras “al rincón” lo dejas ante su propio monólogo y su propio vacío. Un vacío que fácilmente se llena de culpabilidad, de autopercepción negativa y de impulsividad, generando extrañamente una cronificación de la conducta que se pretende domesticar.

No obliguemos a pensar a los críos (y menos a solas), porque no saben qué es pensar y, además, la obligación no es el mejor método pedagógico para estimular aprendizajes. Dialoguemos con ellos/as, si queremos que aprendan a razonar. El infante aprende en la relación y no de espaldas al mundo.

Iniciándonos en la vida

Desde ese inicio en el que el ovulo acoge con cuidado al agotado espermatozoide y brota la alquimia, ella intuirá el surgimiento de algo nuevo en su seno ¿Cómo será?

El contacto de sus manos allí donde ella sabe que la vida crece, busca palpar la magia de alguna novedad reciente. Y al tocar acariciará, haciendo un nido bajo su corazón, para paraiso perdidoacoger. Y mirará con los ojos cerrados, mientras silencia su cuerpo y acomoda sus movimientos, para saber más y más del nuevo visitante. El ansia de ponerle rostro irá creciendo y entre tanto la mente de mama jugará con imágenes nacidas de su deseo, de sus sensaciones corporales y de su intuición. Esa presencia que siente en el mismo lugar donde el vacío hizo ausencia tantas veces, ahora le hará mirar pensativa y dibujará una sonrisa gozosa de calma en su rostro.

Habla con su retoño ahora que el tiempo va siéndose más lenta; una lentitud muy femenina y de horizonte calmo. En ese tránsito cadente en el que sus palabras resuenan en el cuerpo como nunca antes, creando una vibración hecha de sonidos y silencio, de ritmo y quietud y creando en el bebe la primera noción de alternancia; la primera noción de inicio y final, de presencia y ausencia.

El tiempo hará camino y a su paso ocurrirán cosas. El espacio de crecimiento irá ocupándose, manifestándose de un modo inequívoco. Sorprendida por lo que ve y, quizás, algo temerosa por lo que está por venir. Quizás inquieta e ilusionada, en un ir y venir anímico en el que la incertidumbre asoma, pero la mirada sigue siendo el camino más certero si mama desea asomarse al encuentro con la imagen del rostro de su sueño creciente. En cada inmersión, ahí lo verá esperando, como luego siempre la esperará.

“¿Qué deseas Ada? Verlo, tal vez.

Si, si,,,verlo y tenerlo pegadito a mi regazo, susurrándole en ese idioma inventado, mientras le acaricio la mejilla, absorta mientras miro y deseo que esté bien, que no sufra, que sonría a mama y que sea siempre así. Deseo tenerle fuera para ser dos, aún siendo uno. ¿Cuántas veces, querré tenerlo dentro cuando el vacío acucie?”

Y el tiempo ocurre en el calor del seno materno, en donde la pequeña crece acurrucada en sintonía con mama y su vida. Una vida ilusionada, ahora que espera, pero también tejida de forma ineludible al vaivén de las emociones, las hormonas, los miedos o las dudas propias de los seres humanos. Es así que la pequeña va sintiendo los dolores o los agobios de mama, también. Es así como comienza a acercarse a la experiencia de la vida que le espera fuera.

El abrazo enloquecido del alumbramiento llegará precedido de sacudidas de dolor y rompimiento. La vida se abrirá camino, desgarrada y doliente, en el vórtice mismo de lo soportable, asomándose mama a la experiencia de perderlo todo. Y entre tanto, la pequeña iniciará su primer destierro. De forma ruda y desmedida, será expulsada desde su paraíso de ingravidez, hacia un afuera sin límites y con esa luz cegadora. Su mente será expuesta a una brutal experiencia de aniquilamiento y del que inexplicablemente saldrá victoriosa. Por fin afuera, a este lado de la piel y de la mirada de mama, ambas intentan reposar en el cansancio de la intimidad, recién regresados de una experiencia trasformadora.

Los días posteriores pondrán a prueba el espíritu de ese bebe recién nacido, que se enfrentará a un enemigo nuevo que desde adentro se lanza al asalto de su diminuto y vulnerable cuerpo. Será el hambre, quien morderá al bebé en las entrañas. Lo que desespera a la pobre pequeña no es la crueldad de la herida. Es su novedad. Lo repentino e inesperado de su presencia.

El mundo protegido de mama contrasta con este espacio sensitivo sin límites y un mal interno del que no sabe cómo defenderse y que comienza a ser vivido como otra amenaza de proporciones inmensas.

¿Cómo calmar esa cosa que la impregna de terror? La leche, su primer alimento, hará de la boca y la succión la primera zona de contacto con el mundo de afuera. Será a través de la experiencia de saciación como el bebe irá mitigando esa pesadilla que sale de su barriga, consiguiendo calmar lo malo interno, identificando la zona oral como la entrada de lo bueno externo.Alimentarla, como no! Será el antídoto para calmar la fiera.

Pero también hay que tomarla en brazos, acariciarla, acunarla y alimentar su piel, para procurar que vaya generando una paulatina noción sensitiva de si. Aportarle la experiencia de que existe en un cuerpo cuyos contornos podrá ir percibiendo en tanto más y más veces sean tocados desde fuera y así ir diferenciándose del espacio circundante y ubicándose dentro del él como en un segundo hábitat. El primero, el seno materno, quedará sellada en algún lugar de su ser como la añoranza de un tiempo soñado.

Abrazar y cantar

 

besarkada - abrazo

De súbito abrí los ojos y desperté al cuerpo, para sentir la angustia dentro de mí. Me sorprendió el miedo. Me asusté de sentirlo.

El acelerado bombear de mi corazón, su urgencia de fiel vigía, me arrastró desde del otro lado de los sueños hacia la misma cama en la que tumbado, olí el aroma a limpio de las sábanas, mezclado con el sudor asustado de mi piel infantil.

Habían pasado a penas dos, a lo sumo tres lentísimos e inacabables segundos, cuando desde la cocina sentí cantar a mi madre. Ella, en su habitual ajetreo doméstico cantaba, canciones de las de su época, con aquella dulce manera de deslizar la melodía. Mi madre, sin proponérselo, me rescató del temblor y del susto. Me levanté, como movido por un resorte, recorrí el diminuto pasillo que separaba mi habitación con la cocina y me abalancé sobre ella. La abracé y me abrazó…y me sentí protegido

 

¿Por qué pedir perdón es tan importante?

En una reunión escolar con padres y madres, hubo quien comentaba que no veía conveniente pedir perdón a sus hijos o hijas, ya que entendía que ello podría ser interpretado como un signo de debilidad o falta de autoridad

Nada más lejos de la realidad. Quienes tenemos a nuestras hijas e hijos crecidos, hemos tenido tiempo suficiente para darnos cuenta de la importancia de las muestras de respeto y afecto en una convivencia, aunque igualmente, también, hemos sido testigos de la dificultad que

Barkamena eskatu - Pedir perdón
Barkamena eskatu – Pedir perdón

entraña esta tarea. Una tarea en la que se ponen en juego otras tantas cuestiones  como la empatía, la paciencia o la escucha, entre tantas.

No es fácil, no, la convivencia con un/a hijo/a adolescente, pues se trata de una etapa muy determinante y delicada para el devenir futuro de ese chico o esa chica para quienes sus padres podemos resultar, en ocasiones, tan molestos como una piedra en el zapato. Cierto es que para el día a día en el hogar es necesaria la calma, que la bronca y el conflicto llegan solas de la mano del roce y del choque de intereses.

Paso a explicaros los motivos que me llevan a pensar que pedir perdón es muy importante:

  • Nuestros hijos e hijas, aprenden que no tienen por qué tener siempre razón y que podemos estar equivocado; y no pasa nada grave por ello.
  • Descubren que pedir disculpas es difícil, y que hay que ser fuerte para hacerlo.
  • Ven una muestra de sinceridad, que tal vez no vean en otra parte.
  • Aprenden que así en la propia familia se pueden exponer los sentimientos “encontrados”que se producen entre sus miembros.
  • Cuando uno/a pierde el control y es perdonado/a, comprende que la energia que circula en ese punto es curativa y así aprende, tambien, a perdonar.
  • Aprenden que la disculpa es una forma de reconocer que otra persona es digna de respeto.

En resumen, pedir perdón enseña a respetar a los demás, lo cual nos lleva directamente a respetarnos a nosotros mismos.

Algunos consejos para no perder los papeles

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Septiembre. Muchas madres y padres vuelven al trabajo después de las vacaciones estivales. Las hijas e hijos de éstos aún no tienen clase. Se da el caldo de cultivo perfecto para que uno de esos primeros días laborables del recién estrenado mes la ama o el aita se cojan un tremendo enfado al volver a casa porque han tenido un mal día en el curro y además su chico o su chica no sólo no ha hecho nada en casa si no que, para más inri, la tiene patas arriba. ¿Qué ocurre? Pues que el progenitor o progenitora pierde el control, pega cuatro gritos y puede que, encima, luego se acabe arrepintiendo. Y además de ello, ¿ha servido para algo? Queremos decir que, más allá de descargar frustración, ¿el chaval o chavala habrá aprendido algo?

Con todo, dado que, como hemos dicho, llegan fechas en las que es muy posible que se de una situación como la descrita en el párrafo anterior, dejamos aquí una serie de pautas que quizá puedan venir bien para precisamente eso, no perder el control o mantener la calma:

– Ser conscientes de que estamos muy enfadados y tomar la decisión de no reaccionar, de no dejarnos llevar por esa ira que nos invade.
– Recuperar la serenidad, para ello puede sernos útil irnos de la estancia, esperar cerrando los ojos o apartar la mirada, contar hasta 10, etc, de tal manera que tengamos el espacio y el tiempo que necesitamos para recuperar la serenidad.
– Cuando nos hayamos calmado utilizar frases que describan los hechos, dejando de lado las descalificaciones y las acusaciones.
– Recurrir al buen humor es una herramienta poderosísima para suavizar el ambiente, desdramatizar los hechos y volver a la calma.
– Situar en el presente lo que ha sucedido sin añadirle etiquetas adicionales del tipo… “eres un desastre”, “holgazán”, “siempre ….”, “así no llegarás a ningún lado”, “nunca haces …”etc…
– Escribir una nota o una pequeña carta en la que le describamos lo que ha sucedido, cómo nos hemos sentido y lo que necesitaríamos hacer nosotros o que él hiciera para solucionar el conflicto.
– En caso de haber perdido los estribos, pedir perdón o demostrar que sentimos lo sucedido.

Estos son sólo algunos consejos a poner en práctica pero seguro que vosotras y vosotros tenéis otros que usáis en este tipo de situaciones… ¿Nos los contáis?

“MI MADRE NUNCA ME ACEPTÓ COMO SOY”

abarzo materno  -  amaren besarkada
abrazo materno – amaren besarkada

Hoy nos ha llamado una chica de 17 años en busca de desahogo. Era una llamada sobre una relación madre-hija.
Nos decía la chavala que estaba mucho mejor, pero que lo había pasado muy mal, Ahondando en tan genérica afirmación, confesó no haberse sentido aceptada por su madre. ¡Vaya!

Cuando escuchas a una menor que cuenta con tristeza y en parte con resignación que nunca ha sentido que su madre la aceptaba tal cual es, se te mueve por dentro algo difícil de expresar.

No sé si conocéis a alguien en situación similar. Parece que el nivel de exigencia de algunas madres y padres es infinito. Transmiten amor, dicen cuánto quieren a hijos e hijas y lo importante que son para ellos y ellas, pero “qué pena que tengas así los dientes, qué pena que no consigas adelgazar, qué pena que tu pelo no sea tan lustroso como….”

Qué pena y qué dolor producen estas palabras en los menores, en personas que están en plena formación y que lo único que precisan,  a parte de nuestro amor, es nuestra aceptación, que les digamos: te quiero como eres, tal cual, roja, verde o amarilla, te quiero porque eres tú y así eres genial y me encantas.

No es la primera vez que oigo algo así “Mi madre nunca me aceptó como soy. No era suficientemente buena para ella. Me compraba champú para aclararme el pelo. ¿Qué le pasaba al mío? Me compraba dentífrico  blanqueador que me ralló los dientes, ¿Tan malos eran mis dientes? ¿Tan mala e imperfecta era yo?”

Estoy segura que esos progenitores  solo querían lo mejor para sus hijos e hijas. Sólo lo mejor, pero no dimensionaron el alcance de sus palabras: “puedes mejorar” traducidas en  “no eres suficientemente buena”. Una losa sobre la autoestima  y un obstáculo en la relación y en el crecimiento.

Si padres y madres aprendiéramos a decir  “Te quiero como eres”. Si nuestras criaturas pudieran explicar sus sentimientos: “Me siento juzgada. Siento que nunca seré buena para ti, porque me querías rubia y salí morena”,  “Porque no soy lo alto que esperabas”, ganaríamos en autoestima y perderíamos dolor.

Esa resignación con la que esta joven me comentaba: “He tenido que hacerme fuerte, saber que nunca seré suficiente para mi madre y asumirlo, pero he tenido que decírselo, porque dentro me hacía daño.  Cuando se lo dije, no me creyó. Pensó que era mi enfado de adolescente -”¡ qué tonterías!” y eso también me dolió. Pero al menos se lo dije y espero que algún día, al menos, acepte también mis emociones, sin sentirse atacada.
Creo que estas palabras bien merecen una reflexión, de esas de dentro….

Adolescentes

Tribus adolescentes
Tribus adolescentes

 

¿Quién son los/as adolescentes?
Ni niños/as ni personas adultas en medio de una nada confusa y ambigua. La edad de inicio estaría alrededor de 9-12 años, variando según el/la niño/a y el sexo. Y suele durar alrededor de 10 años, también en función de la sociedad en que se encuentre. Por ejemplo en algunas tribus, el paso de la infancia al adulto se hace de golpe, no hay un período de paso como el de adolescencia.

¿Los/as adolescentes son conflictivos?
Tal vez sí, pero también es cierto que estudios muy recientes contradicen la idea de que la tensión y el malestar psíquico sean una parte normal y necesaria de la adolescencia. No tendría que ocurrir que los adolescentes, por el hecho de serlo, sean conflictivos. Los/as adolescentes que atraviesan por conflictos serios y crisis de identidad, necesitan ayuda por estos problemas, no por pasar por un período de crecimiento determinado. Como período de crecimiento es diferente a otro.

¿Adolescentes, rebeldes o amigos?
Es un poco como una caricatura de la adolescencia: un grupo de amigos/as inconformistas y que se rebelan contra casi todo.

El/la adolescente, que ya no es un niño ni una niña, va construyendo poco a poco lo que al final será un adulto, con una identidad propia y formada y la necesaria autonomía personal. Para llegar a esto, los jóvenes empiezan a pensar en criterios propios, a ensayar conductas diferentes y a querer hacerlas valer delante de la familia. Los padres y madres empiezan a tener miedo del ansia de libertad de estos hijos e hijas, de sus discrepancias, de los enfrentamientos casi diarios, de la oposición sistemática.

No son unos niños pero los padres siguen estando preocupados por ellos como antes, cuando eran unos niños. La obediencia que el hijo tenía cuando era niño ahora es imposible y le resulta a él mismo molesta e insoportable. La niña a la que le gustaba ir con los padres ahora quiere ir con su grupo de amigos. Y los padres pueden no entenderlo a la primera, porque es difícil para las madres y padres percatarse que las hijas e hijos se hacen mayores.
Y de aquí que empiecen las disputas familiares, donde el adolescente estirará hacia fuera y la familia hacia adentro. Él, queriendo defender el que piensa que son sus derechos y los padres queriendo imponer su autoridad.

¿Es negativa esta rebeldía de los adolescentes?
Habría que preguntarse antes que nada qué personas queremos que sean nuestros hijos/as de adultos: unas personas que digan sí a todo, que no sepan defender sus intereses, que sean sumisas en sus relaciones interpersonales, o unos adultos que sepan defender sus opiniones y que digan lo que quieren y sienten e intenten conseguir lo que desean? Las madres y padres estamos ayudando a los nuestros hijos a crecer, y crecer quiere decir hacerse personas adultas.

Es por eso que si los/as adolescentes están aprendiendo a ser adultos, es normal que vayan ensayando conductas de adulto, de autonomía y de independencia, en una actitud alejada del conformismo. Serán inconformistas y rebeldes e irán aprendiendo a ser mayores.

Un/a joven incapaz de dar la cara ante nadie, de defender lo que piensa, de hacer valer sus derechos, supone un problema más grave que un/a joven inconformista y rebelde. Los padres debemos saber discernir entre aquellas conductas infantiles de aquellas otros de inconformismo adolescente. Y sus actitudes agresivas, insolentes y descaradas no deberíamos tomarlas como ofensas imperdonables, sino como errores en su sistema de aprender a ser adultos en libertad.

A veces los padres toman mal estas actitudes, porque sus hijos e hijas adolescentes les hacen ver las contradicciones entre lo que los mismos padres dicen que hay que hacer y el que ellos hacen. Porque en estas edades también son idealistas y desinteresados, siendo un buen momento por iniciar actividades solidarías, de ayuda o acodamiento a actividades sociales. Continuar leyendo “Adolescentes”

EL BIENESTAR DE LOS HIJOS/AS ANTE LA SEPARACIÓN DE SUS PADRES Y/O MADRES

La composición de los hogares familiares con hijos/as, está cambiando rápidamente con el aumento de las rupturas de pareja. Este cambio afecta tanto a la estructura familiar como a las relaciones entre sus miembros.

Teniendo en cuenta que la familia es el contexto inmediato y el sistema de apoyo principal de los/as hijos/as, las rupturas de pareja suponen una transición difícil para los/as más jóvenes. La inestabilidad creada por la ruptura, puede generar un desequilibrio emocional y sentimientos intensos, en estos/as, con posibles tasas altas de ansiedad, dificultades interpersonales etc.

Pero el grado de malestar de los hijos e hijas depende de factores diversos. Por un lado, la adaptación del padre y/o la madre ante la nueva situación familiar y personal. Por otro, el apoyo de fuentes externas, como pueden ser los familiares y amigos. Y por último, la relación entre ambos congéneres. Además, la continuidad del conflicto después de la ruptura, puede incrementar la hostilidad en las relaciones, agravando aún más la situación de los/as más jóvenes de la casa, ya que la prolongación del conflicto en el tiempo, puede dificultar el buen desarrollo psicológico, físico y escolar de estos/as chicos/as.

Con todo ello, no nos debemos de alarmar y si buscar la forma de afrontar la situación más adecuada para el bienestar de hijos e hijas. Este afrontamiento supone:

  1.  Mantener una comunicación estable y segura entre los hijos/as con el padre o la madre. Asimismo, buscar un entendimiento adecuado entre la madre y el padre.
  2.  Reorganizar las responsabilidades de los adultos con respecto a sus hijos/as, teniendo en cuenta el bienestar de estos/as.
  3.  Promover la adaptación y la autoestima de los miembros de la familia.
  4.  Mantener los vínculos de coherencia y la unidad familiar.
  5.  Proporcionar apoyos necesarios y seguros a los hijos e hijas.
  6.  Mantener y desarrollar el apoyo social.
  7. Controlar el impacto de la situación para evitar la repercusión negativa en los/as  hijos/as.

En conclusión, se basaría en facilitar una buena adaptación a la nueva situación familiar teniendo en cuenta en todo momento el bienestar de los/as hijos/as.

Mantengamos la Calma

Mantener la calma. Sí, sabemos que este ejercicio en según qué circunstancias es complicado pero es importante tratar de ponerlo en práctica. Insistimos: sabemos que es difícil y más cuando se trata de temas o conflictos relacionados con nuestras hijas e hijos, pero si actuamos desde la inmediatez y el agobio podemos causar perjuicio, precisamente, a nuestras hijas e hijos o a terceras personas.

Desde Zeuk Esan, cuando una madre o un padre nos llama muy alterada, lo primero que tratamos es que mantenga la calma. Intentamos que esta persona se enfríe de forma que pueda reflexionar o pensar mejor. A veces lo conseguimos y otras no. A veces logramos que nos escuchen y lo que, en un principio, era una emergencia total, al final se acaba convirtiendo en una acción mucho más sosegada y pausada. Otras veces, no. En esos casos, la persona que llama quiere denunciar, quiere que se castigue a otro niño o niña, quiere que se expediente a una monitora, que se expulse a un profesor, que se multe a otro u otra adolescente… y no está dispuesta a escuchar alternativas.

Lo curioso es que, en muchos de esos casos, cuando a la persona alterada se le pregunta si ha intentado recabar más información al respecto de lo que, normalmente, le cuenta su hijo o hija, dice que no, dice que cree a pies juntillas lo que su vástago le cuenta. Y está bien, claro, tener confianza en lo que nos cuentan nuestras chicas y chicos pero cuando se trata de algo que, como decíamos antes, puede afectar a otras personas, hay que hacer el esfuerzo por ir un poco más allá.

Es importante, por tanto, que el amor que sentimos por ellos y ellas no nos ciegue. Por supuesto que les tenemos que defender pero eso no implica que debamos actuar precipitadamente porque si acabamos sacándoles la cara por algo en lo que ellos o ellas pueden haber sido responsables, educativamente les estamos enseñando que da igual lo que hagan, que siempre les defenderemos y, además, podemos estar siendo injustas e injustos con otra persona.

Dicho lo cual, insistimos: mantengamos la calma, tratemos de informarnos y no defendamos per sé todo lo que nos digan en un determinado momento o conflicto. Hacer ésto no significa que les queramos menos. A veces, es todo lo contrario.

Hijos/as testigos de la relación conyugal

La familia es una red de afectos en la que se teje el vínculo entre sus miembros. Ese vínculo irá cogiendo cuerpo en el transcurso de los momentos cotidianos y se configurará sobre la base de la calidez y calidad de los momentos vividos.

A menudo escuchamos aquello de “qué suerte habéis tenido con vuestra hija”, o bien su contrario, tal como: “que mala suerte han tenido esos pobres padres con lo buena gente que son y el hijo tan despendolado que le ha salido”. Pues bien: es cierto que la persona se va conformando no sólo bajo la influencia del padre y/o la madre, pues hay indudables factores de importancia en la configuración del carácter, tales como la disposición genética, las amistades u la presencia de adultos resilientes, en el itinerario vital de los chicos y chicas. No obstante, si bien estos factores pueden funcionar en beneficio o perjuicio en la educación de los más jóvenes, cabe pensar que lo harán de una forma menos contundente que el influjo ejercido por la familia.

El vínculo que un/a niño/a asimila por vía de su p/madre crea la base de su experiencia afectiva, sobre la cual se sumarán el resto de experiencias posteriores. Es por ello que el clima que se viva en casa será determinante por ser el sustento sobre la que se apoya lo que está por venir. Esto funciona para bien como para mal. Quiero decir que el afecto, la capacidad de escucha, el diálogo como forma de estar y como manera para buscar soluciones ante problemas que surjan, la capacidad de hacer planes conjuntos, etc, revertirán de forma positiva en el carácter del hijo o de la hija. Por el contrario, las malas manera, el desorden conviencial y la falta de sintonía y de respeto, también ejercerán su impronta, pero en la dirección equivocada.

Una de las cuestiones a tener en cuenta en la educación de nuestros/as hijos/as es la relativa a cómo tratamos a nuestra pareja, siempre que haya pareja, claro. A veces pensamos que educar es intervenir directamente ante el/la hijo/a. pero nos olvidamos que también educamos cuando los/as adultos/as nos relacionamos entre nosotros/as: papa y mama o mama y mama o papa y papa.

Los hijos/as son testigos absorbedores de todo lo que ocurre a su alrededor, aunque a veces pensamos inocentemente que “no se enteran” (en el caso de los más peques). ¡Cómo que no! Se quedan con todo. Y las buenas maneras les hacen más seguros/as de si, así como dubitativos o ansiosos las malas. Eso hay que tenerlo clarito.